Mis gatos: Gurri, que lo fue, y Peluchi, que lo es.

martes, 6 de mayo de 2014

Camino Inglés. Primer día de viaje.

25-04-14

CAMINO INGLÈS

El Camino Inglés tiene dos versiones: la que parte de Ferrol y la que parte de A Coruña. Ambas se convierten en una a partir de la pequeña localidad de Hospital de Bruma.



La odisea marítima hasta las costas de Galicia y del Cantábrico gozó de mucho auge entre los siglos XII y XV. Escandinavos, flamencos y británicos fueron los pueblos que, por su situación en la fachada atlántica, emplearon con mayor empeño las vías marítimas para alcanzar A Coruña, Ferrol y otras poblaciones desde las que llegar a pie a Santiago de Compostela.

Yo elegí la salida desde Ferrol porque tiene una longitud mayor a los 100 km, dato que es imprescindible tener en cuenta si el peregrino quiere recibir la Compostela cuando llega a su destino. Por esta razón es la opción más elegida cuando se trata del Camino Inglés, ya que salir de A Coruña supone una ruta menor a los 100 km de longitud y, con ello, el peregrino no tiene derecho a solicitar su Compostela, que es el documento oficial que acredita haber recorrido el Camino de Santiago en alguno de sus tramos. Sin embargo, no fue esta la razón que me llevó a elegir la ruta Ferrol-Santiago. Tan sólo pretendía estar al menos una semana recorriendo uno de tantos caminos que llevan a Santiago.

Emplazada al norte de la ría de su mismo nombre, a resguardo del oleaje y de los vientos atlánticos, Ferrol es la 3a. ciudad de la provincia de A Coruña en cuanto a población se refiere, estando por delante de ella la propia capital de la provincia y la misma Santiago de Compostela.

El punto de inicio de este camino se halla en el puerto de Curuxeiras donde se encuentra un monolito de piedra, también llamado mojón, que así lo indica.



Llegué a Ferrol en autobús procedente de A Coruña a donde arribé en trenhotel procedente de Barcelona después de más de 15 horas de un viaje que transcurre en su mayor parte de noche, de ahí que escogiera una cabina con cama y otras comodidades por un precio que me pareció algo caro. La cabina tenía todas las condiciones para que me encontrara cómodo y pudiera dormir toda la noche pero no fue así en realidad. Tal es la consecuencia de la mala costumbre que tengo de no dormir la primera noche que sale uno de su casa.

Al llegar a A Coruña, me dirigí a los paneles informativos para ver la salida de trenes hacia Ferrol. Hasta las 14.30 no había tren por lo que me encaminé a la estación de autobuses para comprobar si había alguna combinación que me llevara antes a mi destino. Eran las 11.30 horas cuando acabé el largo viaje en tren. Pregunté a la primera persona que vi al salir del recinto de la estación de ferrocarril que resultó ser un joven que también iba a Ferrol y consultaba su teléfono móvil la ubicación de la estación de autobuses. Optamos por preguntar directamente a algún transeúnte que pasara por allí y este nos indico la dirección en que debíamos orientar nuestros pasos y que llegaríamos allá en cinco minutos. Al llegar a la estación, consulté los horarios en un monitor táctil que no funcionaba demasiado bien por lo que, aprovechando que la ventanilla de venta de billetes estaba vacía, pregunté a la vendedora los horarios para ir a Ferrol. Me dijo, en un castellano con fuerte acento gallego, que había uno que salía a las 12 y que hacía parada en todos los pueblos por los que pasaba y que si quería llegar antes era mejor tomar el de las 12.30 que iba directo por la autopista. Así que compre un billete para esta hora y me fui al bar a tomar algo mientras esperaba. Aún faltaban tres cuartos de hora para partir. 



La estación de autobuses de Ferrol estaba bastante desierta  una hora y cuarto después del mediodía, pese a que no era ni demasiado temprano ni demasiado tarde. Pregunté a la única persona que me encontré camino de la salida y me indicó la dirección en que se encontraba mi hotel y el tiempo que más o menos podía tardar en llegar. Así que me dirigí en la dirección señalada por la amable persona a quien había consultado. El hotel estaba a unos 200 metros del camino que al día siguiente habría de seguir. Si bien hay un albergue para peregrinos este se encuentra a 9 km al norte de la ciudad y me pareció mejor optar por alojarme en un hotel. El resto del día lo dediqué a pasear por la ciudad, que, por cierto, me pareció bastante triste.

Una vez en el hotel y acomodado mis cosas, o sea la mochila, bajé al bar a tomar un bocadillo de bacon y queso y una cerveza. Pese a encontrar una carta con un buen surtido de bocadillos en la habitación, éste era el único que me podía hacer la encargada que atendía, a la vez, el hotel y el bar. Volví a la habitación y me eché un rato en la cama con la tele encendida. Viendo las noticias del día, me quedé dormido. Al rato me desperté y una vez me hube espabilado decidí salir a dar una vuelta con la intención de encontrar el lugar que está establecido como inicio del Camino Inglés. El tiempo, ventoso y con lluvia, desapacible, en fin, para pasear no acompañaba pero aún así me dirigí hacia mi objetivo. El puerto se encontraba bastante alejado del hotel donde me hallaba así que me lo tomé con calma. El itinerario, de lo más insulso y aburrido. Muy poca gente caminaba por las calles que se dirigían al centro a aquella hora de la tarde. Eran las seis. Llevaba los pantalones mojados por la lluvia y decidí hacer un alto, justo cuando entraba en la primera calle peatonal. Entré en una cafetería a tomar algo caliente y a secarme un poco y pedí un chocolate con churros. Leí, también, los titulares de uno de los diarios locales que había en la barra del bar y al cabo de un rato me dispuse a continuar mi camino. Pregunté si faltaba mucho para llegar al puerto pero ninguna de las tres personas que había en la cafetería supo indicármelo. Se disculparon diciendo que eran de Madrid y que llevaban escasos meses allí por lo que aún no conocían demasiado bien la ciudad. Salí del bar y comprobé que había dejado de llover, lo que al parecer animó a la gente a salir de sus casas, pero aún la tarde continuaba siendo gris y plomiza, ventosa y fresca. La calle por la que transitaba estaba llena de bares a un lado y otro, aunque, curiosamente, la mayoría vacíos o con escasa clientela. Después de un buen rato andando me pareció que no llegaba nunca el momento de ver el puerto y, como quiera que empezó a lloviznar de nuevo y se me había hecho un poco tarde, decidí volver al hotel antes de que se me hiciera de noche. Olvidé que en estos lares anochece casi una hora más tarde que a orillas del Mediterráneo. No pude ver, pues, el mojón de piedra que marca el inicio del camino pero si pude ver el que debía ser el segundo o tercero de ellos.


 Llegando al hotel después de una buena caminata comprobé cuan cierto era que el camino pasa muy cerca, por la parte de atrás del hotel. Ya sabía pues, hacia donde tenía que dirigirme al día siguiente, camino de la población donde acaba la primera etapa: Neda.


La previsión  del tiempo, que pude ver en la TV de mi habitación antes de llegar a dormirme, no era demasiado halagüeña. El tiempo seguiría revuelto y las nubes de un enésimo frente atlántico cubrirían los cielos de Galicia al día siguiente con posibilidades muy fundamentadas de que volviese a llover. Eso era lo que esperaba a este empedernido caminante y peregrino en esta nueva andadura por este nuevo camino a Santiago. La encararía con ilusión y con deseos de buenaventura.