Mis gatos: Gurri, que lo fue, y Peluchi, que lo es.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Camino francés: cuadragésimo segunda etapa

26/07/07

¡Al fin, Santiago! Hoy es el gran día para todo peregrino. También es la etapa más fea. Me refiero al paisaje. A medida que nos acercábamos esta mañana a la ciudad el paisaje se ha ido haciendo más ingrato. Lo he empezado a notar unos cuantos Km antes de llegar. La carretera nacional, que hay que cruzar de nuevo, con su intenso tráfico. El aeropuerto de Lavacolla, que hay que rodear y que alarga en varios Km la etapa. En fin, no es precisamente un tramo agradable de transitar.

En Lavacolla, último pueblo antes de Santiago, había en la Edad Media el último albergue donde los peregrinos tenían la oportunidad de asearse antes de entrar en Compostela. El mismo nombre, Lavacolla, viene del rio Lavamentula, donde los peregrinos practicaban tal actividad. Aún así, quedaban algo más de 10 Km hasta llegar a la ciudad del apóstol y, en la catedral, el olor a sudorosa humanidad que pudiesen desprender los peregrinos eran disimulado con la entrada en escena del famoso botafumeiro, que oscilaba de un lado a otro del crucero de la catedral compostelana y para cuyo zarandeo se necesitaban varios hombres, llamados tiboleiros.

Sea como fuere, el caso es que un hecho tan falto de poesía, como pueda ser el claxon de un camión hecho sonar por un conductor que saluda así a los peregrinos, causó en mi la primera conmoción emotiva de la jornada y no sería la última. Fue entonces cuando decidí acelerar mi paso y poner tierra de por medio entre mis compañeras y yo. Quería reservarme esos momentos para mi intimidad y quería ocultar mis sentimientos de otros ojos que no fueran los míos. Enseguida las lágrimas, últimamente prestas a la llamada, acudieron a mis ojos. Y así fue durante algunos kilómetros. Una gran emoción sacudía todo mi cuerpo. Emoción, llanto, sentimientos, a veces contradictorios, por experimentar lo que se siente al alcanzar un objetivo que, paradójicamente, me pareció, siempre y a la vez, posible e imposible de lograr.

Llorar, también, por los buenos y por los malos momentos vividos en el Camino durante los dos veranos en que lo he hecho. Llorar, en fin, por el recuerdo y añoranza de mis seres queridos, de mis amigos, de mis compañeros.

Finalmente, me sobrepuse y decidí esperar a mis compañeras. No quería entrar sólo en Santiago. No me parecía correcto -no sé si es ésta la palabra adecuada- adelantarme y llegar solo a la meta. Había algo más que me impulsaba a esperarlas. Entonces no lo sabía. Ahora sí lo sé. Se llama acompañar. Y compartir. Compartir camino, compartir meta. Era importante esperarlas. Nos habíamos acompañado. Habíamos compartido. Durante muchos días. Quería llegar con ellas.

-Pensábamos que te perdíamos definitivamente- me dijo Marta cuando nos reencontramos. ¡No sabían ellas lo que se cocía en mi cocina!

A partir de entonces, debían quedar 6 o 7 Km, no nos volvimos a separar. Ya en el casco histórico de la ciudad perdimos las señales que durante tantos días nos han guiado. Las señales que, como en la vida misma, aparecen cuando más las buscas, cuando más las necesitas; para indicarte que vas bien, que ese es tu camino. Para que las sigas. Estas señales, pensé mientras las buscábamos ávidamente en las paredes de los añejos edificios, merecen un homenaje. Es un gran alivio, cuando se camina solo y temes estar perdido, encontrar las gastadas, de tan miradas, flechas amarillas. Y un homenaje merece, cómo no, el cura de O Cebreiro, Elías Valiña, que en los años 60 decidió iniciar la recuperación del camino francés pintando las famosas flechas amarillas, labor en la cual encontró enseguida la ayuda del navarro Andrés Muñoz. A ellos y a otros que han continuado su incansable promoción del Camino, mi más sentido agradecimiento.

Santiago, Santiago ¿qué tienes Santiago que a tantas gentes atraes? No es fácil, no. No es nada fácil hacer el Camino. De ello doy fe. Hablo de lo que he visto, vivido, sentido y experimentado.

La entrada y recorrido de la plaza del Obradoiro fue otro de esos momentos mágicos que, aparte de sufrimientos varios, he podido sentir, vivir y experimentar en este tránsito. Fue otro momento de emoción incontenible. Punto final a tanto esfuerzo, dolor y sufrimiento para el verdadero peregrino que acarrea con aquello que arrastra por la vida a sus espaldas. Inicio, también, de otro Camino, el de la vida misma. He oído decir a más de uno que el Camino te cambia la vida. Yo no sé el alcance, la profundidad con que a mí me la haya podido cambiar. Eso, creo, se va sabiendo con el tiempo. De lo que estoy seguro es que hay un antes y un después. Cuando menos, el Camino, no es sino el reflejo de un punto de inflexión en mi vida. Pero aquí hay truco. El Camino llega cuando uno está preparado para recorrerlo -y no me refiero únicamente a la preparación física, que también, aunque no es lo más importante- El Camino se hace. Ya lo dijo el poeta. Se hace cada vez que lo recorre un peregrino.

Nuevas emociones vinieron luego, una vez aseado y realizada la obligatoria visita a la catedral, que no así al Santo -había mucha cola, me dije- Ya fuera, y mientras intentaba pasar desapercibido entre la multitud que, sentada en las escalinatas que dan acceso a la puerta románica de la catedral, presenciaba la actuación de los cómicos y artistas que se ganan la vida, en espera de mejores oportunidades, con las donaciones de los turistas; ya fuera, decía, los sentimientos, las emociones, las lágrimas acudieron de nuevo a mí. Yo intentaba disimularlos pero era  inútil. Un ser querido me llamó por teléfono y durante varios segundos no pude articular palabra. Sólo sollozos surgían de mi.

Finalmente, dedico mi más sincero agradecimiento a todos los que me habéis apoyado y acompañado, en la distancia o en la cercanía, en este Camino.
A todos, gracias, muchas gracias; ¡sin vosotros no hubiera sido posible!
Cuando menos, a algunos espero tenerles a mi lado en el Camino que ahora comienza.
José Luis Jiménez del Pino, julio de 2007

Camino francés: cuadragésimo primera etapa


25/07/07

Penúltimo día. Ayer me preguntaba: ¿qué me llevo del Camino? Hoy me lo vuelvo a preguntar de nuevo. Conocimiento, encuentro conmigo mismo. Decepción por no ser cómo él cree que debería ser. Aceptación, en fin, por ser yo; como quiera que sea. "Soy Yo y no debería haber nada más importante. Porque soy un ser irrepetible, único, diferente". Esto trato de aprender últimamente. Nada tiene de  especial, pues así somos todos y cada uno de nosotros. Ni mejor ni peor, diferente, nada más. Con eso basta. Mejor dicho: ¡ahí es nada! ¿Acaso es poco que amanezca cada día? Pues igual de importante es que yo sea quien soy. Como soy. Es importante repetirlo. Es necesario decírmelo. Cuantas veces sea necesario. Y no es que anteriormente no me lo haya dicho. Es que gran parte de mi vida me he dicho lo contrario. Siempre dudando, siempre juzgando... me. No, no puedo, no debo seguir así. No quiero seguir así el resto de mis días.

Por lo demás, el camino de hoy ha sido más llevadero. Hemos salido de Arzua y llegado a Pedrouzo. Casi 20 Km. Parece, espero, que se han terminado esas rampas que hay que subir, ¡pero también bajar!, y que te rompen las piernas.

Parece, parece... y no es así. El Camino continúa. Siempre hay un nuevo Camino al llegar a la meta. En realidad, no hay meta. Sólo, camino. La vida es camino y cada día es un paso que hay que dar, que hay que vivir. Intensamente viviendo, intensamente soñando.

Camino francés: cuadragésima etapa


24/07/07

Estamos en Arzua, a tan solo 40 Km de Compostela. El Camino se va acabando y aún me pregunto qué me llevaré de él en esta ocasión.

Lo único que tengo claro es que este año no ha sido igual que el anterior. Y no hablo ya de la orografía o la climatología del terreno que piso, que ya habrá quedado claro que no tienen nada que ver con el tramo recorrido el pasado verano, sino que hablo del aspecto personal y espiritual que, al final, vienen a ser lo mismo.

Recuerdo un Camino mucho más rico en lo espiritual, el recorrido el 2006. Se trató, sin duda, de un Camino casi diría iniciático en que recordé, a través de la experiencia, la dimensión espiritual del hombre, después de muchos años de materialismo auto impuesto. No reniego, sin embargo, de esa época de mi vida. La acepto, la asumo y la integro en mí. Un año después, las circunstancias de mi vida han cambiado y eso no puede dejar de tener influencia en el Camino presente. Muchas creencias, ideas, sentimientos... se han ido asentando o, simplemente, han sido pasadas por el filtro ineludible del tiempo, juez imperturbable que lo pone todo en su sitio. En lo material, me he tomado el Camino de este año con cierta  tendencia a "estar bien": comer bien y cansarme poco, es decir, menos que el año pasado, aunque esto último no lo he podido conseguir; hacer, en definitiva, lo que en todo momento se me apetecía... Asimismo, este año ha sido una auténtica inmersión en la naturaleza, sobre todo en la exuberante Galicia que hemos cruzado, que ha sacudido mis sentidos con una explosión de estímulos. Así, el oído ha podido disfrutar de los hermosísimos trinos de los pajarillos que alegraban mi caminar; la vista no daba abasto para captar todos los detalles de una, a  menudo, lujuriosa vegetación, con su ilimitada variedad de tonos verdes. Los cerrados y húmedos bosques, los enormes castaños que se recortan contra el cielo grisáceo, las aldeas que se divisan a lo lejos, casi invisibles por la bruma, los innumerables y pequeños ríos y arroyuelos que cruzan el camino o que son cruzados por éste... El olfato, excitado con las hierbas aromáticas que nos acompañan a tocar de mano en todo instante. Los eucaliptos, que dan al aire un aroma de limpio y sano incomparable. Los olores, nada aromáticos, por cierto, cuando cruzamos los pueblitos y aldeas, de las pequeñas granjas familiares que, en muchas ocasiones, no vemos pero olemos. El tacto, estimulado también por la humedad ambiente que todo lo impregna, con un aire a veces bochornoso, otras fresco. El gusto, reconfortado con la diversidad de sabores que vamos extrayendo de los platos típicos de cada lugar y que procuramos ir probando. Esas contundentes empanadas del Bierzo, esas más suaves empanadas de Galicia, esa ternera gallega que hace las delicias de los amantes de la carne -en el sentido del gusto, obviamente- esas patatas gallegas, sabrosísimas ya sea fritas, guisadas o, simplemente, cocidas, acompañando a un pulpo a feira, por ejemplo. Esa sinfonía de verduras bañadas en un rico caldo que se denomina aquí, precisamente, caldo gallego y que no me harto nunca de demandar allá donde lo hay.  En fin, una auténtica fiesta para los sentidos.

Y digo yo: ¿si el cuerpo físico disfruta con estas alegrías, no tendrá, ello, incidencia en el cuerpo espiritual? Yo creo que sí, aunque, como  decía  San Agustín, si me lo preguntan, no lo sé.

Camino francés: trigésimo novena etapa


22/07/07

La jornada de hoy ha sido la más tempranera en lo que llevamos de camino. De forma accidental, claro. No es que nos haya dado por madrugar y participar así en la vorágine en que para muchos se ha convertido el camino en estas tierras, no. A las 4 de la madrugada me levanté para ir al lavabo. Procuré no hacer ruido para no despertar a nadie. Aún así, debí hacerlo porque Ana, la  navarra aficionada a la pintura, se despertó y se levantó para ir después de una de las chicas -llama así a quien yo llamo las alcarreñas, pues esa es la tierra que les vio nacer, o sea Marta y Alicia, las otras dos integrantes del grupo- ya que ella pensó que se trataba de una de ellas quien se había levantado y aunque dormía en la litera encima de la mía, me creyó durmiendo. No fue este el caso, como decía, y al bajar de su litera ésta se volcó con ella, yendo a caer contra la pared opuesta, quedando Ana justo en el hueco que quedó entre la litera abatida y la pared.  Yo, que estaba dentro del lavabo, quedé desconcertado por momentos, ya que escuché el estruendo pero no sabía que podía estar pasando. Las chicas encendían la luz mientras yo salía del lavabo y cuando vimos lo ocurrido nos quedamos estupefactos mientras comprobábamos que Ana se encontraba bien -ni un sólo rasguño- y procedíamos a levantar la litera y ayudarla a incorporarse. Tras el enorme susto, Ana empezó a reír viendo la que se había armado en cuestión de segundos. Enseguida la chicas y yo nos relajamos y comenzamos a reír también, fruto de la distensión que la misma Ana provocó con su risa. Volvimos a acostarnos pero nos fue imposible conciliar el sueño. La misma Ana vio enseguida el lada cómico de la situación en que hacía pocos minutos se había encontrado y ya no paramos de hacer comentarios jocosos acerca de la misma, mientras la risa acudía a nosotros como si se tratase de la mejor de las sesiones de risoterapia.

Poco antes de las 7 nos levantamos y nos fuimos a desayunar al bar. Éramos los primeros y la puerta aún estaba cerrada cuando llegamos, aunque Miguel Ángel, el propietario, y padre de Minerva, se disponía a abrirla. Desayunamos y le explicamos lo que, afortunadamente, no fue un desgraciado accidente sino un incidente de lo más cómico. Poco después partíamos hacia Melide, donde nos encontramos descansando hoy.

Es, éste, un pueblo muy animado. La carretera nacional, con un intenso tráfico, lo cruza de punta a cabo. Melide es uno de aquellos pueblos famosos del Camino. Quien más y quien menos ha oído hablar de él. Y es que en Melide, se dice, se hace el mejor "pulpo a feira" de toda Galicia. Me parece una exageración, claro está, ya que el secreto del pulpo es cómo se cuece, para que quede tierno, y en eso no creo que haya muchas diferencias entre unos pueblos y otros. Por lo demás, el plato, en sí mismo, no tiene mayor complicación. Se trata de añadir un chorrito de aceite de oliva y pimentón ligeramente dulce o ligeramente picante. Se puede servir con patatas cocidas o no. A nosotros nos lo han servido si ellas. Los cuatro hemos pedido lo mismo -parece obligatorio aquí- y lo hemos acompañado con una buena ensalada. Para beber hemos pedido un vino de la tierra: un Ribeiro de cosecha propia, nos dicen. En el camino se dice que hay que ir a Melide a comer pulpo y en concreto a casa Ezequiel que es la que tiene la fama del mejor pulpo gallego. Este restaurante se encuentra en la carretera nacional que, a la vez, es el camino en esta localidad, por lo que se pasa por delante de él. Cuál no sería nuestra decepción cuando vimos que los lunes cierran por descanso semanal. Algún peregrino o turista había dejado una nota manuscrita pegada en la puerta del establecimiento donde decían que habían pasado por allí, que sentían mucho no haber podido probar el delicioso plato y que volverían en otra ocasión.

Éste era, en principio, el lugar donde pretendíamos probar el famoso pulpo pero no pudo ser por lo relatado más arriba. Sin embargo, un peregrino  que conocemos desde hace unos días, Ángel Labordeta se llama, nos indicó el otro establecimiento donde comer buen pulpo y, siguiendo su consejo, así lo hicimos.

Este peregrino del que hablo, de conocido apellido, dice ser primo de José Antonio Labordeta, conocido, primero, como cantante, después como protagonista telivisivo de un programa de viajes y, actualmente, como político. Nos cuenta Ángel que ha hecho, con la presente, 7 veces el camino y, como quiera que me atrae su manera de contar, decido acompañarlo un tramo del camino, para lo cual acomodé mi paso al suyo. No lo debí de conseguir porque en dos ocasiones, mientras me contaba anécdotas del camino y de su primo, sobre el cual le pregunté, hizo un paréntesis para indicarme que a él no le gustaba ralentizar el paso de los demás peregrinos. Yo, por mi parte, intenté hacerle ver que para mí era un honor acompañarlo. Sin embargo, no debió entenderlo u oírlo -llevaba sonotone- y, finalmente, al cabo de algo más de un cuarto de hora, se plantó en medio del camino, me extendió la mano, dijo su nombre, me saludó y, sin hacerlo explícito, me hizo saber que hasta allí habíamos llegado y que cada uno debía seguir su propio camino y su ritmo de marcha. Yo capté la indirecta enseguida y me dispuse a acelerar mi paso, poniendo pronto distancia de por medio , no sin antes haberme quedado, por unos instantes, perplejo por la actitud de mi acompañante o, mejor dicho, de mi acompañado. Era la primera vez que alguien rechazaba mi compañía, así lo interpreté yo al principio, pero más tarde quise entender que, sin ser consciente de ello, aceleraba un poco su paso y él no estaba dispuesto o, simplemente, no quería o no podía seguir un ritmo que no era el suyo. A esta hora, al final del día, en que escribo este diario, pienso -sigo dándole vueltas al asunto- que es posible que Ángel no quisiera, simplemente, compañía; cualquier compañía. De hecho, en varias ocasiones así me ha sucedido a mí. No obstante, yo hubiera sido incapaz de hacer lo que hizo esta mañana este peregrino que ha cumplido ya los 78 años. La edad tiene esas cosas, que te permite ser directo cuando es conveniente para uno serlo.

Poco después me lo vuelvo a encontrar en un bar donde paramos a sellar la credencial -en estas etapas cercanas a Santiago es obligatorio sellar dos veces en el día-. Tomo algo caliente pues apetece ya que el día está desapacible, ventoso y fresco y, al final de la etapa, lluvioso. Luego ya no lo vimos más hasta nuestra llegada a Furelos, nuestro final de etapa -y el suyo también como comprobamos más tarde. Al entrar en el pueblo hay un bar donde Ángel se había parado a tomar una cerveza. Allí lo volvimos a ver y nos miramos  para, finalmente, acabar todos con una amplia sonrisa y un gesto en la cara de incredulidad. ¿Cómo era posible? ¿Dónde nos había adelantado? Concluimos que debió de ser cuando paramos a tomar un buen almuerzo, para lo cual nos tomamos siempre un buen rato.

Precisamente, como siempre que la tienen, nos comimos una buena ración de tortilla con algo de pan, regado ello con una buena jarra de cerveza. Yo me había adelantado a buscar un bar -finalmente fue un chiringuito- para tal menester. Mientras mis compañeras visitaban una iglesia donde el párroco explicaba un poco de historia del pueblo y de su iglesia, yo encontré el chiringuito aludido y tras comprobar que tenían la esperada tortilla española, descolgué mi mochila y me senté a esperar a mis compañeras. No tardaron en llegar, pues también a ellas les acuciaba el apetito. Me sonrieron cuando vieron la tortilla y se dispusieron a hacer lo propio. El primer trozo de tortilla que me introduje en la boca  no me supo bien. Aún así, tarde tres o cuatro bocados más en comentárselo a mis compañeras. Ellas también habían detectado algún sabor anormal en aquella tortilla pero cada una se había dado una explicación  diferente y siguieron comiendo sin decir nada más. Sin embargo, yo no me quedé tranquilo y le pregunté al encargado si había hecho él la tortilla. Me respondió que sí, que había hecho las tres tortillas -había dos más, aún intactas- esa misma mañana. Le dije que me sabían de una forma extraña y le pregunté si tenían algún ingrediente a parte de los típicos de una tortilla española. Me dijo que no. Le pregunté por el color -de un amarillo intenso y anaranjado- de la tortilla y arguyó que eso era por los huevos que allí usan, que son de gallinas de corral. No me acabó de convencer la explicación y para mi, a cada nuevo bocado que deglutía, se me hacía mucho más evidente que aquella tortilla no estaba en buenas condiciones para ser ingerida. No obstante, imitando a mis compañeras, acabé por comerme la ración, aunque de mala gana y por pura ansia de comer. El mismo amo del chiringuito se corto un pequeño trozo de tortilla para probarla y comprobar que no estaba mala. Tras hacerlo, nos dijo que no había notado nada especial. Intuí que mentía y no dejé de observarlo por confirmar que se comía todo el trozo que se había servido. No pude comprobarlo, sin embargo. Cogimos nuestras mochilas y partimos hacia Melide, donde nos alojaríamos en el albergue público.

Llegamos a las 11,30 y no abrían hasta la 1. Ya había un buen número de peregrinos esperando en el porche, a cubierto de la lluvia que caía. Quedaba poco espacio para guarecerse y no me apetecía nada esperar la apertura para sentirme cómodo y cambiarme de ropa. Observé un cartel que había en una pared en frente del albergue, al otro lado de la calle. Hacía publicidad de un hostal barato para peregrinos. Enseguida pensé en ir a buscarlo y así se lo hice saber a mis compañeras. No había hecho más de 50 mt de mi recorrido en busca del hostal cuando vi que, allí mismo, había una "pousada" que parecía, por su aspecto, nueva a estrenar. Entré y pregunté por si tenían habitaciones libres y el precio de las mismas. Cuando comprobé que no eran demasiado caras -25 euros- le dije al recepcionista, que también atendía la cafetería que se encontraba en el interior, que iba a buscar mis cosas. Volví al albergue y les comuniqué a mis compañeras lo que para mí era una buena nueva. Ana se decidió también a tomar una habitación, no así Marta y Alicia, quienes optaron por quedarse en el albergue. Una cama confortable, con sus blancas sábanas limpias y una ducha y lavabo impecables nos dieron la bienvenida. Justo premio, me digo, por la dureza de las etapas pasadas.

Camino francés: trigésimo octava etapa


21/07/07
La etapa de hoy ha sido de las más cortas de lo que llevo de camino. Así lo aconsejan las circunstancias por la necesidad de asegurar el alojamiento. Además, encaja perfectamente con nuestros planes de llegar a Santiago el día 26, una vez se haya acabado el agobio general por llegar el día de la fiesta grande.
El albergue donde nos encontramos lo lleva una familia catalana que vive aquí, en San Xulià do Camiño, desde hace 5 años. Compraron una casa vieja y la reconstruyeron para montar un albergue privado que está muy bien arreglado y es harto acogedor. Su hija, Minerva, es maestra de música en una escuela pública de Barcelona, además de cantante soprano con estudios realizados en el Liceo. En la actualidad estudia guitarra clásica y está a punto de sacar su primer CD al mercado. En septiembre, puntualiza su padre, quien presto pone una maqueta del mismo en el reproductor. Cuando oímos sus canciones concluimos que canta como los ángeles. A su padre se le cae la baba.
Comimos un bocadillo, pues aquí no hacen comidas, sólo cenas, y nos fuimos los cuatro -Isabel nos dejó pues quería ir a su aire y tenía prisa por llegar el día 25 a Santiago- a dormir la siesta. Nos han adjudicado una habitación, que justamente tiene 4 literas, apartada del mundanal ruido. Como no podía dormirme, decido ir al bar, que a la vez es el centro de recepción para los peregrinos que aquí se han refugiado -nunca mejor dicho-de una lluvia que no ha cesado en todo el día. Cuál sería mi sorpresa cuando veo a Minerva sentada a una mesa sobre la cual se distribuían algunas partituras, cantando, acompañándose de la guitarra, un variado repertorio de canciones clásicas y modernas. Volví a pensar que cantaba como los ángeles y por momentos, en mis ensoñaciones, me vi quedándome allí, en aquel albergue, en aquel recóndito pueblo del Camino, perdidamente enamorado de ella. Cuando me descubrí a mi mismo en tal estado de embobamiento, decidí ponerle fin  y salí para avisar a mis compañeras de lo que se estaban perdiendo. Ana fue la primera en venir y viendo que Alicia y Marta no acababan de hacer lo propio decidió volver a la habitación por si no se habían enterado. Poco después, allí estábamos los cuatro, en compañía de otros pocos peregrinos que  habían decidido quedarse, embelesados con las canciones y con la voz de Minerva. Por momentos, la emoción me embargaba, pero ésta llega al paroxismo cuando el padre de Minerva le pide que cante La Tieta, de Serrat. Ella, en principio, se muestra un poco reticente, porque dice que es muy triste, pero en vista de la insistencia de su padre y la de los espectadores, que se adivina en las caras de decepción que ponemos todos los que conocemos la canción y el cantante, accede a la petición. Las lágrimas no tardaron no tardaron sino unos segundos en hacerse presentes en mis ojos. Yo hice todo lo posible porque no se  notara la emoción que me embargaba pero, finalmente, corrieron por mi mejilla una tras otra, hasta que acabó la canción. Suerte que tenía ante mí mi cuaderno del peregrino y ello me permitió disimular haciendo como que escribía. No obstante, creo, más de uno se percató de mi situación y finalmente Minerva también, lo cual me causó un sonrojo que no pude ocultar.
Reconozco que la tarde de hoy me ha dejado tocado anímicamente. El tiempo otoñal, el fuego a tierra encendido, las canciones de Minerva, la añoranza de mi tierra, de mis seres queridos, todo ello me lleva a decidir acabar la escritura del diario por hoy. Sin embargo, también ha sido la tarde más gratificante en lo que llevo de camino.
Viene a mi memoria lo que me  dice mi amigo Ángel en un reciente mensaje de móvil:
"Lo importante no es la meta a la que te lleva el camino, sino los pasos que das para conseguirlo"
¡Vinga, va, deixa't de romanços, José Luis, i a sopar, que ja és hora!
Que aprofiti

Camino francés: trigésimo séptima etapa


20/07/07

Dejamos Portomarín a las 7 de la mañana, con cielo nublado una vez más. Enseguida el camino se empina con un repecho digno de respeto. Sin embargo, no era sino el aperitivo de lo que estaba por venir: otra etapa rompepiernas de las de verdad.

Llegamos al albergue de Ligonde, otro pueblo levantado en torno al camino, y enseguida se puso en la puerta el cartel de completo. Todo estaba reservado, sólo quedaba una plaza libre. Cuando estoy escribiendo estas líneas, llegan 2 chicas inglesas a pedir alojamiento. con más o menos dificultades les explicamos que sólo queda una plaza libre pero que hay tres más reservadas que a estas horas aún no han sido ocupadas, por lo que podría ser que quedaran libres. La hospitalera no está -ha ido a un entierro- y nuestro dilema es si darles permiso a las jóvenes peregrinas para que ocupen las plazas desocupadas que, por la hora que es, muy bien podrían quedar libres. Finalmente, deciden irse y después supimos que fueron a alojarse a una especie de albergue de estilo hippie regentado por alguna comunidad cristiana, cosa que dedujimos por la propaganda que ofrecían.

La tarde transcurrió sin más. Conchi, una peregrina de Bilbao que viene con su marido, hizo arroz con leche que adornó con galletas que alguien aportó. Otros pusimos algo de queso, salchichón, néctar de zumo y chocolate y con ello dispusimos una cena para 6 que nos supo a gloria. Luego, el marido de Conchi, cuyo nombre no recuerdo de tan inusual que es, propuso hacer una partida de cartas y a ello nos dispusimos. Más tarde, cuando todo el mundo se hubo acostado -no eran aún las 9,45- Ana y yo salimos fuera del albergue, ella a dar las últimas caladas del día y yo a contemplar la puesta del sol. Terminadas nuestras respectivas tareas nos fuimos a la cama -cada uno a la suya, claro está- poniendo fin a un día más o, como dirían otros, a un día menos.

Camino francés: trigésimo sexta etapa


19/07/07

El de hoy ha sido el trayecto entre Sarria y Portomarín. Otra etapa rompepiernas, si es que hay alguna en Galicia que no lo sea. En total 22 Km con sus respectivas subidas y bajadas. De manera, que cuando estábamos en plena subida se desesperaba uno por que llegara la bajada y cuando se llevaba una cuarta parte de la bajada ya se anhelaba de nuevo la subida. Inútil desesperarse y desear un tramo de camino llano pues de sobras es sabido que eso no existe en Galicia, al menos en la Galicia del Camino.

Hemos llegado muy, muy cansados. Los 4 últimos Km nos han venido largos, siendo estos donde está la guinda del pastel: una criminal y prolongada bajada hasta orillas del río Miño y, por si nos parecía poco, el pueblo, Portomarín, se encuentra en la falda de un cerro con lo que sus calles son lo más cercano a la verticalidad que pueda ser una calle, o así me lo pareció a mí. Para llegar al albergue tuvimos, todavía, que subir una escalinata que, en otras circunstancias, no nos hubiera causado la misma impresión. Eran las 2,3o de la tarde y llevábamos andado desde las 7 de la mañana. Decidimos ir a comer directamente, sin más miramientos, dejando la ducha para después. Poco después llegaron Alicia, maestra en Alcobendas (Madrid) y Marta, psicóloga, que trabaja en el departamento de selección de personal de una ETT en Madrid. Marta está cada día peor con su tendinitis. Anda lenta, con un ritmo muy flojo, pero finalmente llega a todos sitios. La acompaña su amiga Alicia, aunque en numerosas ocasiones la he oído decirle que siga su camino y que no se preocupe por ella. Obviamente, Alicia, apenas si deja sola a su amiga durante unos minutos en los que nos acompaña a Ana o a mí, o a ambos, teniendo así la oportunidad de conocernos un poco mejor. Así hemos sabido que es maestra de educación especial, que siente una gran pasión por su profesión y que comparte su tiempo libre con su otra gran pasión que -me deja estupefacto, cuando me lo dice- es la Teología, carrera de la cual está haciendo el quinto curso.

Tras intentar dormir la siesta -es paradójico pero el mismo cansancio no me lo permite- me voy a la sala de Internet donde me encuentro con Ana  y Alicia que tampoco han podido conciliar el sueño. Nos dedicamos durante unos minutos a buscar alojamiento para los dos siguientes días al de mañana, pues para este día ya lo tenemos. Resulta más complicado de lo que nos parecía pues todos los albergues privados están muy solicitados, claro está por la diferencia de precio a favor con respecto a una pensión, hostal u hotel, las otras alternativas. Sin embargo, finalmente, lo conseguimos y  nos quedamos tranquilos toda la tarde. Decidimos, entonces, ir a dar una vuelta por el pueblo cuando vemos entrar a Isabel, la de Barcelona, de la cual nos separamos en Triacastela. Viene desesperada porque no encuentra alojamiento en ningún sitio. Llega literalmente agotada debido a la dureza de la etapa en sí y al calor que ha debido de soportar por andar a las horas en que el sol -sí, hoy hemos visto el sol- pegaba más fuerte. Sólo tiene dos opciones: o continuar su camino y probar suerte en el siguiente pueblo con albergue, a 8 Km y medio, o irse al polideportivo, que el Ayuntamiento ha abierto ante la avalancha de peregrinos que se le ha venido encima. El encargado del albergue privado donde nos hallamos nos dice que hay más de 1000 en el día de hoy aquí, en Portomarín.

En realidad, el actual pueblo no es sino el que se construyó cuando se hizo un pantano en este tramo del río Miño en los años 50. Del antiguo sólo queda la iglesia, de planta rectangular y amurallada, rematada al fondo por un ábside semicircular, que fue trasladada piedra a piedra desde su ubicación original para salvarla de las aguas. Por lo demás, visitamos la iglesia y luego el polideportivo, por aquello de curiosear un poco en las condiciones en que se alojarán los peregrinos que no disponen de albergue o no se pueden costear un hotel, como es el caso de Isabel. Nos parece verdaderamente lamentable, una vez más, la situación a la que se llega en verano, sobre todo coincidiendo, como es el caso, con las fechas inmediatamente anteriores a la del 25 de julio, fiesta grande en Compostela y en toda Galicia, fecha en la que todo el mundo quiere estar en Santiago, no siendo éste nuestro caso. Acabada la visita y tomadas las fotos de rigor, que quedarán para la posteridad, nos dirigimos a la terraza de un bar, bajo los porches de la plaza mayor de la villa. Como quiera que hiciera fresco, decidimos entrar dentro. Estaba avanzada la tarde y el sol, muy bajo ya en el horizonte, no calentaba lo suficiente.

Poco después volvimos al cobijo del albergue. Se trata de un albergue  nuevo, con más de 120 plazas y con un mantenimiento y unas instalaciones más que aceptables. Poco a poco la oscuridad fue ganando su particular batalla y los peregrinos nos fuimos acostando, aunque algunos, entre ellos los frailes que vimos en días anteriores, y que hoy se alojan aquí, tenían su fiesta particular en la sala polivalente del albergue, lo cual no me impidió dormirme.

Camino francés: trigésimo quinta etapa


18/07/07

Hoy, después de recorrer 18 Km, hemos llegado a la famosa villa de Sarria. Y digo famosa porque es el último sitio en que se puede hacer el camino y que te den la compostelana en Santiago. Está a algo más de 100 Km de la meta.

A las 6 de la mañana, cuando dejamos Triacastela, el pueblo estaba cubierto de una espesa niebla que lo impregnaba todo de humedad. Nos dirigimos al bar donde comimos ayer, que abre a hora tan temprana, para tomar un completo desayuno antes de emprender la marcha de cada día. Nos costó 3,5 euros y constó de tostadas, mantequilla, mermelada, café con leche y zumo de naranja natural. Partimos  justo cuando entraba un numeroso grupo de jóvenes polacos con los que hemos venido coincidiendo las dos últimas etapas. Al final del pueblo, el camino se bifurca y nos despedimos de Isabel, la barcelonesa, con la que hemos caminado un par de días. Ella ha querido tomar el desvío que pasa junto al monasterio de Samos, el cual quiere visitar. Se trata de un monasterio benedictino donde también hay albergue. Me imagino que debe ser interesante de visitar pero supone andar unos cuantos Km más, ya que ese itinerario es más largo.

-Es valiente Isabel, le comento a Ana, mi compañera de andanzas, que piensa igual que yo. Hay que tener en cuenta que va sola y hace un día de meigas en esta misteriosa parte de la Galicia profunda.

Enseguida, nuestro camino se adentra en un bosque de película que corre paralelo a un arroyo. Altísimos y esbeltos chopos jalonan su curso como si quisieran acompañarlo hasta el final de su vida. A nosotros nos cobijan, no del sol, que no  vemos, enormes castaños, alguno de los cuales, según la variedad, están bien cargados de inflorescencias que miden un palmo o más mientras, en los otros, el preciado fruto empieza ya a despuntar. Tierra de castaños, esta Galicia que recorremos nos brinda su paisaje típicamente brumoso, con grandes y viejos árboles y bosques impenetrables. Paisaje de película en el que sólo faltan las meigas o la Santa Compaña. No es de extrañar -le digo a mi compañera- que este sea un país de meigas. Todo aquí te induce a pensar en ellas. Y, si en verdad no existieran, sería el lugar ideal para poder ubicarlas una vez inventadas o imaginadas. Sin embargo, estos bosques, que contienen todos los tonos del verde que puedan ser observados, hace tiempo que no han sido explotados por la mano del hombre -lo que constituye, paradójicamente, la mejor manera de protegerlos de la mano incendiaria de otros-. La humedad reinante, que ni en verano falta,  produce un denso sotobosque que se convierte en un combustible ideal cuando en el verano se suceden algunos días de calor y viento y entra en acción la mano asesina del hombre. Y si la vista se excita con tan lujuriosa vegetación, el olfato asiste, embelesado, a un baile de invisibles olores y aromas que surge de las entrañas de ese sotobosque.

Al entrar en Sarria, enseguida ha aparecido el primer albergue privado en el cual decidimos quedarnos. Me imagino que es un 5 estrellas en comparación con el que estuvimos ayer mismo. Cuando son las  7,30 de la tarde, hace unas 3 horas que todo está ocupado en esta villa. El propio albergue municipal, de tan solo 40 plazas, estaba ya lleno cuando llegamos nosotros hacia el mediodía. Nos dice el amo del albergue, que por cierto es de Barcelona y se ha establecido aquí casándose con una lugareña y regentando el albergue, una pensión y un bar donde sirven comidas también, que hay peregrinos concentrados en la calle mayor a la espera de que el Ayuntamiento les diga dónde podrán alojarse. Algunos no pueden arriesgarse a continuar adelante ya que la situación es previsible que sea la misma en todas partes, dada la hora que es. Finalmente, abrirán el polideportivo a tal efecto, como sucedió ayer en Triacastela. Nosotros 4 hemos reservado alojamiento con dos días de antelación para evitar estas situaciones que se van a repetir en lo sucesivo, nos tememos. Hemos decidido, por ello, planificar conjuntamente las etapas hasta llegar a Santiago. Ni podemos ni queremos entrar en esta histérica dinámica  de correr y correr para encontrar sitio en los albergues públicos, pues en éstos no se puede hacer reserva, como es lógico.

Camino francés: trigésimo cuarta etapa


17/07/07

Hoy hemos subido el último gran obstáculo  geográfico del camino: el Alto del Poyo. No es el caso de otros puertos, que todo el mundo habla de ellos unos días antes de afrontarlo, pero creo que se lo merece. Al menos a nosotros así nos lo ha parecido. Son 3 Km de subida con una rampa final de algo menos de 500 mt en la que la mayoría de caminantes pierde el resuello. Luego, todo es bajada hasta Triacastela, donde hacemos noche.

El albergue está situado en un lugar ideal, rodeado de un amplio prado donde jóvenes peregrinos de ambos sexos retozan cual cabras, en el doble sentido de la palabra. También hay varias tiendas de acampada. De hecho, el albergue, de 90 plazas, se llenó muy pronto y los 5 albergues privados que hay en esta villa están llenos a esta hora de la tarde. El problema es que estamos a 132 Km de Santiago y  a media mañana varios autobuses han descargado un alud de turigrinos que copan los albergues y hacen poco menos que imposible encontrar alojamiento a los peregrinos que venimos de lejos, a no ser que se quiera participar en una carrera diaria que consiste en levantarse a las 5 de la mañana y correr sin parar hasta llegar al albergue siguiente para optar a una plaza en él. Considero que es realmente lamentable esta situación que, por otra parte, es perfectamente previsible ya que se viene repitiendo año tras año. Un sistema de prioridad, hasta cierta hora del día, para los caminantes que llegan desde lejos, pienso que sería una buena solución. No quiero imaginarme cómo será esto en año jacobeo, situación que se da cada  4 años, como es sabido.

Por cierto, el albergue municipal, muy bonito por fuera, es francamente decepcionante en su interior, tanto por su estructura como por sus instalaciones, y de la acogida del hospitalero mejor no hablar.

Ah, al grupo se han unido 2 chicas más. Hay que ver: ¡siempre rodeado de mujeres!, en la vida, en la familia, en el trabajo, en el camino... ¡Uhm!

Camino francés: trigésimo tercera etapa


16/07/07
Por fin, hemos subido O Cebreiro. Hacía muchos días que oía hablar de esta subida, cuando no era yo mismo el que sacaba el tema. Sin duda alguna, es un síntoma del respeto que causa este puerto. Y se lo merece. Respeto que las autoridades gallegas no tienen por el peregrino ya que, sabiendo que muchos caminantes deciden hacer aquí su final de etapa y el albergue está en obras ¡en pleno verano!, que es cuando más afluencia de visitantes hay en el Camino, no han previsto para nada la situación y se han limitado a habilitar unos barracones metálicos que durante el día se constituyen en una verdadera sauna si hace sol y durante la noche en un frigorífico inclemente. En fin, muchas campañas publicitarias para potenciar el Camino y luego se dan situaciones como ésta que desmerecen la credibilidad de unas autoridades que, seguramente, no conocen el Camino de primera mano.
Hoy, he podido disfrutar por primera vez de una subida, al hacerla sin mochila. ¡Y qué subida, Virgen del Amor Hermoso! Y es que, realmente, éste es uno de los paisajes más bonitos que se pueden transitar en los 800 Km de camino que hay desde Roncesvalles a Santiago. Una verdadera gozada para los sentidos, ¡si señor!
Estamos en Galicia. No sé porqué pero me he emocionado al ver el cartel que así lo indica. Es como si entrara en mi propia tierra. Diría, si creyera en ello -quién sabe- que en vidas anteriores pude vivir en estas tierras, tan bellas pero tan duras de habitar. Y es que, pese a no haberlas recorrido nunca, me resultan muy familiares. Como las Meigas, no creo en ellas pero haberlas...
Es la Galicia montañosa, de duros caminos pero, también, la de paisajes agradecidos. Las montañas que transitamos, con su infinita variedad de tonos verdes, embelesan al más insensible de los seres humanos.
Nos hallamos en un pueblecito llamado Hospital da Contessa. El nombre de Hospital es uno de los más socorridos en todo el Camino, junto con éste último propiamente dicho. Indica, como es obvio, lugar donde se acogía al peregrino en tiempos pretéritos. De la "Contessa" no se tienen noticias desde hace mucho tiempo. Enclavado junto a la carretera nacional, a 1.200 mt de altura, sopla una brisa fresca que nos hace buscar a todos los sitios más soleados en torno al albergue. Hace un buen rato que está lleno y durante toda la tarde ha habido un goteo de peregrinos que buscaban albergue y que, obviamente, han tenido que seguir su camino hasta el próximo, el del Alto del Poyo, que, les advierte la hospitalera, también está completo, por lo que la etapa de hoy, para más de uno, va a ser mucho más larga de lo que habían previsto. Alguno que otro, como un madrileño que conoce Ana, la navarra, de tanto verlo por el camino, se queja de los turigrinos que recorren estas tierras en busca de su compostelana con un esfuerzo mínimo, mientras  otros tendrán que hacer más de 30 Km, que después de haber subido O Cebreiro, no es moco de pava, precisamente. Es por ello que hay que planificar bien las etapas y mirar de prever estas circunstancias. De lo contrario, se expone uno a tener que caminar más de la cuenta o buscar alojamiento alternativo, que no siempre está disponible. Ayer se incorporó a nuestro dúo una mujer de Barcelona, de 50 años, divorciada hace 4 al descubrir que su marido llevaba tiempo engañándola con otra. Isabel, así se llama ella, empezó su transitar en Ponferrada y vive y trabaja en el barrio gótico de Barcelona en la recepción de un hostal. Desde que la hemos acogido en nuestro reducido grupo no ha parado de explicar detalles de su historia particular en los últimos años, incluido el haber superado una cáncer de piel que padeció el pasado verano -ahora lo sabe- fruto de su obsesión patológica por los acontecimientos, sin duda duros, que tuvo que vivir hasta que aceptó la realidad tal como era, por mucho que no se adecuara a lo que ella quería. Tiene dos hijas adolescentes y me imagino cómo lo habrán vivido también ellas.
Me pregunto, tras reflexionar unos momentos sobre lo que Isabel nos cuenta acerca de su enfermedad, que si la mente tiene el poder de provocar enfermedades, como parece ser éste el caso, si no lo tendrá también para curarlas. Me parece del todo ilógico afirmar la primera y negar la segunda. Otra cosa es que parece ser más fácil crear enfermedades que curarlas, aunque aquí podríamos incluir los llamados casos milagrosos, o ¿no?. En fin, éste, el del poder de la mente, para destruir y para crear, es uno de los temas de los que más se hablará en el siglo en que vivimos. Y aunque parezca que nos hemos salido del motivo central de estas líneas, el Camino de Santiago, preguntémonos, no obstante,  el porqué de una peregrinación que en la Edad Media traía a Compostela a miles de peregrinos. ¿Cuáles eras los motivos profundos que les movía a realizar un camino incomparablemente más duro y peligroso que el de ahora? ¿Qué significa que la fe mueve montañas? Creo que al tratar de dar respuestas a estas preguntas nos encontramos de nuevo con el mismo tema que tratábamos anteriormente.