Mis gatos: Gurri, que lo fue, y Peluchi, que lo es.

viernes, 17 de agosto de 2012

Camino Sanabrés: décima etapa

 26/07/2012

 Requejo de Sanabria-Lubián: 18 km.

 De nuevo, las obras públicas cortan el camino y nos hacen desviarnos con lo que los 18 km que marcan las guías se convierten en algunos más. Yo calculo que en total habremos hecho unos 20 km. Gran parte del desvío ha sido por la carretera nacional 525 que afortunadamente no tiene demasiado tráfico ya que la autovía discurre muy cercana a la carretera. Finalmente, el puerto del Padornelo, que tanto me preocupaba ayer, no ha sido para tanto, quizás porque buena parte de la subida se ha hecho por la carretera y siempre el perfil de ésta es más suave que el del camino que debe subir más directo, sin tantas curvas.


 Sigo acompañado, o acompañando, a Gumer, una mujer 3 años menor que yo, bajita pero vivaz y pizpireta en su caminar y en su proceder. Tiene buena conversación y es agradable caminar con ella. Cuando bajábamos el puerto por la antigua carretera se nos acercó un todo terreno que venía en dirección contraria y se paró a nuestra altura. Sacó una bolsa trasparente, con algo dentro, de su coche y dijo: “el avituallamiento”. Tanto mi compañera de andaduras como yo nos quedamos atónitos. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué era el avituallamiento del que hablaba? ¿Quién era aquel que nos lo ofrecía? Estas preguntas pasaron por mi mente en cuestión de décimas de segundo hasta que me percaté que era el hospitalero que tan amablemente nos atendió ayer en su albergue privado. Tras cerciorarme de que se trataba de él pasé a resolver la siguiente pregunta: la del avituallamiento. ¿Qué era aquello que nos ofrecía? Tuvo que decir de que se trataba para que cayéramos en la cuenta: no era otra cosa que una bolsa con un bocadillo, una fruta y un yogurt que había dejado anoche en la nevera del albergue y que tenía que coger por la mañana antes de partir. No me lo podía creer. ¡Había salido a nuestro encuentro para traérmelo! Enseguida explicó la sucesión de los hechos. De buena mañana, él se había marchado con el ganado al que cuida en la montaña, ya que su oficio es ganadero. Su mujer, al hacer limpieza y repasar el albergue tras nuestra partida, comprobó como se había quedado la bolsa preparada en la nevera. Llamó con el móvil a su marido quien bajó hasta el pueblo, recogió la bolsa y salió a nuestro encuentro. Conocía el camino pero no tenía ninguna certeza de que nos pudiese encontrar aunque era posible, como así fue. Le agradecí sumamente la generosidad de su esfuerzo, una y otra vez, a lo que el hombre no dio más importancia. Finalmente, marchó con su 4x4 camino de la montaña donde le esperaban sus vacas. Gumer y yo nos quedamos estupefactos. No nos imaginábamos que alguien pudiera hacer algo así en el Camino. La emoción nos sacudió y casi se nos saltan las lágrimas. Verdaderamente, el ser humano es capaz de lo peor pero también de lo mejor como acabábamos de comprobar. Estuvimos unos minutos conmocionados por el hecho que habíamos vivido en primera persona. No recuerdo el nombre de mi benefactor pero sí que recuerdo el nombre de su albergue: Casa Cerviño, el cual recomiendo encarecidamente a cualquiera que pudiera necesitar esta información, por su amabilidad, por su buen trato, por la información que nos proporcionó sobre dónde comer y, finalmente, por el detallazo que tuvieron para conmigo.


 Así que de esta manera, paramos a desayunar a pie de carretera. Continuamos nuestro caminar dejando ya la carretera y discurrimos por un sendero de los que yo llamo atunelados, pues es tal la cantidad de árboles y otras plantas que cubren el camino que no se ve el cielo sobre nuestras cabezas. Las nubes que habíamos visto ayer reaparecieron aquí y pronto empezó la tormenta que a la hora en que escribo estas líneas, a las 8 de la tarde, aún continúa. Ha sido curioso y divertido comprobar cómo cada vez que me paraba para ponerme el chubasquero para protegerme de la lluvia, ésta cesaba de inmediato. Como quiera que caminar con el impermeable produce la condensación del sudor en nuestra ropa, y esto es muy incomodo, a la que paraba de llover yo también me detenía y me quitaba la capelina que me protegía. Inmediatamente comenzaba de nuevo la lluvia. Así, entres las risas de Gumer y la lluvia racheada, discurrió una buena parte de este bonito sendero. Diríase que las nubes jugaban conmigo. De esta manera, entre risa y risa, llegamos pronto al albergue donde nos alojamos, en Lubián.

 El nombre de Lubián viene de lobo y es que ésta es tierra de lobos como lo demuestran los restos de las antiguas trampas que los pastores de esta zona les tendían para cazarlos. Todos los días había un encargado de revisarlas y cuando se encontraba una pieza en la trampa el pastor daba la voz de aviso y se celebraba una fiesta con tal motivo. La trampa consistía en un foso de unos 2 metros de profundidad forrado con lascas de pizarra colocadas de tal forma que cuando el lobo caía ya no tenía manera de salir de la trampa por más que seguramente lo intentaba. Para atraer a la fiera, se introducía en el foso un animal enfermo o de escaso valor. Lo que se hacía con el lobo no se explica pero se lo puede uno imaginar. El pueblo se encuentra en plena montaña, a unos 1000 metros de altura y cada vez es más patente la influencia gallega en esta parte remota de Castilla y León tan cercana tanto a Galicia como a Portugal. Hemos podido oír la lengua gallega en el restaurante donde hemos comido hoy. Luego he sabido consultando la web del ayuntamiento de Lubián cómo en este pueblo se habla, además de castellano, un dialecto galaico-portugués.

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