Mis gatos: Gurri, que lo fue, y Peluchi, que lo es.

sábado, 15 de agosto de 2009

Camino francés: undécima etapa

15/7/06


Hoy nos han despertado a las seis con música clásica, Bach, concretamente. Ha sido una manera agradable de despertar, al menos para mi, aunque hay a quien no le gusta. Es el primer día en que nadie me despierta con ruido de bolsas de plástico, de cremalleras, de mochilas... Parece que es la única manera de respetarnos los unos a los otros ya que hay peregrinos que prefieren descansar más tiempo y no levantarse tan temprano. Según el hospitalero, que lleva muchos años en albergues, finalmente ha tenido que acudir a la imposición como forma de respeto entre peregrinos. Como en todo en la vida estos métodos tienen partidarios y detractores. Lo suyo sería que todos practicásemos el respeto mutuo. Pero en muchas ocasiones esto no es así. Y, por lo tanto, dice Ángel, el hospitalero, con normas muy estrictas es la única manera de velar por los intereses de la mayoría, que son los que se acuestan temprano porque tienen que madrugar al día siguiente y ese temprano son las seis de la mañana. No hay que exagerar, con esa hora hay más que suficiente para no coger las horas de pleno sol. Tampoco se puede permitir que haya gente que se levante antes, pues se molesta al resto.

Después de preparar la mochila bajo a desayunar. El precio del albergue, 9,50 euros, lo incluye. Prácticamente, está al completo la mesa y ocupo unos de los tres sitios aún libres. El desayuno consta de zumos, pan, galletas, mermelada, mantequilla, café y leche. No está mal, pienso, aunque preferiría algo más contundente como por ejemplo “pa amb tomàquet i embotits”.

A las seis y media estaba ya en camino. He salido solo y la verdad es que no me molesta la soledad como ya he dicho en ocasión anterior. Puedo reflexionar y meditar en voz alta. Nadie va a pensar que no estoy muy cuerdo, ya que nadie me va a oír. He pasado por Nájera, villa que bien merece quedarse un día, pero ya la conocía, de manera que continué hasta aquí, donde ahora estoy, en Azofra. Después de almorzar en Nájera, esperé hasta que abrieron las tiendas a las diez, busqué una tienda de deportes y me compré un gorro -el que traía lo perdí- y una felpa para la cabeza -sudo mucho y el sudor me escuece en los ojos- El camino se empina y estreno la felpa que enseguida se empapa de sudor, aunque impide que penetre en los ojos. Después, todo es monotonía hasta Azofra: viñas, más viñas y escasísimos árboles. A las 11,15 estoy en Azofra. El sol empieza a calentar. Los lugareños con los que me encuentro hablan todos del calor que hace estos días y de la falta de lluvia.

El albergue, nuevo, casi a estrenar, pues solo tiene 3 años, está cerrado, como casi siempre, pero la puerta de acceso al patio está entreabierta para que los peregrinos tempraneros como yo puedan descansar a la sombra. Se agradece el detalle, la verdad. Hay tres jóvenes extranjeros, dos chicas y el que parece ser novio de una de ellas. Deben rondar los 18 años. Los conozca de hace algunos días. Venimos coincidiendo últimamente. Les saludo y me siento a descansar. Intento deducir de donde son escuchando su habla. Deduzco que son de algún país de Europa del este. Decido preguntarles aunque no se si me van a entender. Cual es mi sorpresa cuando compruebo que me responden, en correcto castellano, que son de Polonia. Les pregunto que cuál es la razón de que hablen tan bien el castellano y me responden que han estudiado en un instituto bilingüe: Lengua y Literatura españolas, historia y geografía de España, en nuestra lengua. Me parece increíble. Una de las chicas, la de aspecto más eslavo, extiende su esterilla en el suelo y se pone a tomar el sol. La otra la imita. Pronto se percatan que el sol en España calienta mucho, sobre todo en verano, y se retiran a la sombra. Es mediodía y empiezan a verse nubes de tormenta en el horizonte. Sin embargo, a estas horas de la tarde en que escribo este diario, las nubes amenazadoras se han disipado y el cielo se ha cubierto con nubes medias que no provocaran lluvia, al menos de momento.

El albergue es de lujo. Quiero decir que es el único, en lo que llevamos de camino, que tiene habitaciones separadas, con dos personas por habitación, sin literas, con espacio suficiente. De momento, he estado un buen rato sin compañero de habitación, con lo cual me he hecho la ilusión de que me quedaré solo toda la noche y que podré descansar a mis anchas. Pero ha sido sólo eso, una ilusión. Finalmente, el albergue se llena y colocan a un joven alto y espigado junto a mi. Para más inri, mi compañero me pregunta si yo me levanto muy temprano. En principio pienso que lo dice porque quiere descansar hasta tarde pero resulta ser justamente lo contrario: pretende madrugar y levantarse a las cuatro ya que hace etapas muy largas -más de treinta Km. diarios y necesita salir muy temprano. Se disculpa y dice que se lo ha dicho a la hospitalera antes de que le asignara cama aunque no le ha hecho caso. Después de comer en el restaurante cercano voy a lavar la ropa y me encuentro con Marcelino -el maestro de Sant Boi- y su grupo, que acaban de llegar. Le saludo y le pregunto por su tobillo, que no tenía bien. -Está bien-, me contesta, -después de haberme quedado descansado en Navarrete-, un pueblo que queda atrás. A su vez, me pregunta por mi tendinitis. Le digo que ha desaparecido y quedamos en vernos luego. Tiendo la ropa y me dirijo a mi habitación, dispuesto a dormir la siesta. Sin embargo, se me hace del todo imposible, ya que al abrir la puerta y la ventana para que entre el fresco, se oyen todas las conversaciones de otros peregrinos que deciden no descansar, con lo cual tampoco dejan dormir a los demás. Es precisamente el grupo de Marcelino el que más se oye. Me levanto y abandono la habitación. Tomo el bloc donde escribo este diario y salgo al patio en busca de una sombra. Hay otros peregrinos allí y gente que entra y sale, sale y entra, inquietos, como si no supieran que hacer. Sentada bajo una sombrilla, al lado de la mía, hay una mujer de unos cuarenta años hablando con un chico unos diez años más joven que ella. Son del grupo del maestro. Al parecer, por lo que he podido oír, -sin poderlo evitar, claro está- la mujer se ha percatado de un supuesto “mal rollo” entre el chico y otra chica del grupo, que podría ser su pareja. Él la escucha con atención y ella no para de darle consejos y, de vez en cuando, aprovecha para contarle su vida y milagros, juntamente con los de su hija, que tantos problemas le está dando ya que no tiene novio a sus dieciocho años y sus amigas sí. Se diría que es una psicóloga, en plena sesión de terapia, que aprovecha a su cliente para descargar en él sus propios problemas. El chico, obediente, se dispone a hacer los deberes que su psicóloga particular le ha encomendado y en cuanto aparece su chica marcha con ella a solas. En esto, veo a Marcelino de nuevo y me dice que hoy es su cumpleaños, treinta, y que me invita a cenar esta noche con todos los de su variopinto grupo. Acepto la invitación aunque pienso en lo que podrá dar de si la reunión.

He venido observando durante todo el camino, aunque es la primera vez que lo comento, que la mayoría de los peregrinos parece que intentan dar la impresión de ser gente de “buen rollo”, y abundan los psicólogos y filósofos de la vida. Entre estos, la psicóloga antes aludida y una amiga suya de unos cincuenta años que anda comportándose como si de una joven de hoy se tratase y, para ello, lo mejor es adoptar un vocabulario y una gesticulación, al expresarse, adecuada al caso. Aquí la tengo ahora, delante de mi, a escasos metros, tendiendo su ropa, demostrando cuan joven es, aunque las apariencias no lo confirmen, a base de golpes de cabeza, a izquierda, a derecha, repetitivos, tal y como haría una jovencita para hacerse ver. Me mira y pone cara de estar pensando que quién será este bicho raro que lleva cerca de dos horas escribiendo mientras ella y alguno de sus compañeros de grupo ha entrado y salido del albergue mil veces, no ha dejado de gritar cuando habla o no logra, o no quiere, aquietarse un ratito, solo un ratito, y sentarse a hablar sin gritos, sin aspavientos, ¡no sea que se encuentre consigo misma y no sepa que hacer! Lo que no sabe ella es que esta noche cenaremos juntos. Pero esa historia la contaré mañana.

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