Mis gatos: Gurri, que lo fue, y Peluchi, que lo es.

domingo, 2 de agosto de 2009

Camino aragonés: segunda etapa

7/7/2009

Tan larga fue la tarde que finalmente, a las 9, aburrido de esperar y esperar el día siguiente, me fui a la cama sin haber cenado. Apenas ingerí un zumo de naranja. No tenía más ganas. La noche fue más larga aún. Me costó conciliar el sueño y constantemente me despertaba y me volvía a dormir. Las primeras noches suelen ser así. Lo recuerdo de los dos años anteriores. Hasta que uno se habitúa a los cambios es lo normal.

La etapa de hoy ha sido preciosa en cuanto al paisaje, extenuante en cuanto a las sensaciones que siente mi cuerpo. Tanto cansancio me ha impedido dormir lo que habría sido una reparadora siesta. A las 7,45 horas, después de haber desayunado, partí camino de Villanúa. En total, 16,5 kilómetros, más de la mitad de ellos de continua bajada con fuerte pendiente, que han castigado una musculatura no acostumbrada a tan prolongadas bajadas. Rodillas y muslos se resienten de tanto bajar. El día comenzó, si cabe, peor que su predecesor: con una niebla tan densa que dejaba precipitar pequeñas gotitas de agua que se posaban por todas partes y todo lo humedecían. Ello me obligó a pararme y sacar el chubasquero para cubrirme. De no ser así pronto hubiese quedado bien mojado. Ciertamente, la capa protege el cuerpo y la propia mochila de la humedad reinante y de la imperceptible precipitación que cae pero la contrapartida es que impide que el sudor provocado por el ejercicio del propio caminar se pueda evaporar, con lo que enseguida se encuentra uno prácticamente empapado por dentro aunque protegido por fuera. Sin embargo, a medida que descendía por la montaña, ora acompañado por el río Aragón, ora acompañado por el ruido de los vehículos que circulan por la cercana carretera que sube a las pistas de esquí de Candanchú y al puerto donde se halla el albergue en que pernocté, fui dejando la niebla atrás y pude empezar a contemplar, boquiabierto, un paisaje fascinante y grandioso, los altos picos rocosos que enmarcan el valle del Alto Aragón que parecen observar con displicencia al caminante cuando la niebla lo permite.

Diversas curiosidades jalonan el recorrido de esta etapa en su continuo descender. Se trata de restos de históricas construcciones que en su momento cumplieron un importante cometido y que unos paneles informativos junto al camino tratan de explicar al caminante o excursionista. Y es que Francia está muy cerca y en diversos momentos de la historia este país ha invadido España entrando por estas montañas, por lo que abundan las construcciones defensivas de cariz militar. Así, desde el camino, he podido divisar las ruinas de un antiguo cuartel; una torre, llamada de los fusileros, de la cual es fácil hacerse una idea de su función cuando se contemplan sus troneras, por las que los soldados disparaban a los invasores a la vez que permanecían protegidos por sus gruesos muros. También otros restos de construcciones de las que sólo quedan las ruinas, como ahora una antigua iglesia de la que queda en pie la torre del campanario o un hospital en el que, en otros tiempos, se acogía a los necesitados y a los propios peregrinos que iban camino de Santiago. En fin, pasé a pocos metros de lo que, no hace demasiados años, fue una esplendida estación de ferrocarril: la estación de Canfranc, en estado semirruinoso hoy día, aunque se está restaurando por partes a medida que se aprueban presupuestos para tal menester.

Finalmente, llegué a mi destino. Un destino que se me ha antojado lejísimos dado el cansancio al que ya he hecho referencia. A estas horas de la tarde, el día se ha arreglado, por lo menos en lo que se refiere al sol, que luce espléndido, no así en lo referido al viento que sopla desagradablemente e invita a ponerse algo de abrigo si se está a la sombra, como es mi caso. Sin embargo, ello no parece importar a los que aprovechan las últimas horas del día en la piscina que se puede observar desde la terraza de la casa rural donde me encuentro. Me he visto forzado a alojarme en una casa rural pues de los dos albergues que hay en el pueblo, el que es privado está cerrado hasta el jueves y el que es público está repleto de bulliciosos jóvenes que pasan en él unas colonias que para ellos serán, seguramente, inolvidables pero yo no quiero que lo sean también para mi, aunque por otros motivos. Me refiero al hecho de no tener la seguridad de poder descansar adecuadamente por la noche si me alojo en un albergue lleno de gente joven que sabe Dios cuando decidirán ir a la cama a descansar. No era cuestión de probar suerte y en el propio albergue me han indicado la disponibilidad de esta casa rural a acoger peregrinos por un precio razonable: 20 euros por dormir y desayunar.

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